NUNCA SE SABE

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Conversación con el escultor Joan Costa

¿Qué encontraremos en esta nueva propuesta expositiva de Joan Costa en la Torre de Canyamel?

«En total, unas quince obras. Entre ellas, dos instalaciones, piezas escultóricas y también pintura.

 

En la planta baja se encuentra El Bosque azul, formado por unas 400 ramas de acebuche y olivo, podadas en la Tramuntana en día de luna creciente para que la madera se conserve mejor. Estas ramas, colgadas del techo, de distintos tamaños y grosores, teñidas de un azul intenso, invitan al visitante a pasear por un bosque onírico, simbólico.

 

Anteriormente había hecho alguna pequeña intervención similar, alguna propuesta en blanco, pero esta ya tiene una dimensión más importante.

 

Esta nueva propuesta en azul remite a uno de los elementos centrales de la exposición y a uno de los componentes esenciales del planeta: el agua, que es lo que nos da vida y de la cual estamos formados en más de un 70% nosotros mismos. De hecho, el agua ha alimentado estas ramas de acebuche, un árbol muy nuestro, que nos ofrece alimento y muchos otros usos.»

 

La otra instalación, la gota de agua, interpela directamente a este elemento esencial…

«Azul es una gota que cae en el agua y produce unas ondulaciones concéntricas. La gota está realizada en fibra de vidrio y cae sobre prácticamente una tonelada de sal de Ses Salines, teñida de azul.

 

Es la segunda vez que presento esta instalación: hace ocho o nueve años estuvo en la galería ABA ART. Y necesita un entorno y un contexto especial, como es la Torre de Canyamel.

 

También están las gotas de agua pintadas en una serie de cuadros relacionados con la lluvia, otros que muestran ondulaciones, movimiento, vida, igual que el agua.

 

También hay espacio para las nebulosas, como elemento de nuestro universo. Es un tema que he empezado a trabajar y que aquí está presente a través de una nebulosa de agua que crea ondulaciones en espiral.

 

Agua y universo, otra dimensión.»

 

¿Y qué me dices del Baobab de más de tres metros que da la bienvenida en el exterior de la Torre?

«Mide 3,20 metros y pesa cerca de dos toneladas. Está hecho con mármol blanco de Carrara, un tipo de mármol blanco con veta gris extraído en Italia.

 

Hace un año comencé una nueva serie inspirada en los baobabs de África, concretamente de la isla de Madagascar. Esta es la pieza más grande que he hecho hasta ahora, y la presentamos aquí. Hay unas trece variantes de baobabs en el mundo, si no me equivoco. He visto algunos en Wasini, una isla que se encuentra frente a la costa sureste de Kenia.

 

El que hemos instalado en la Torre está inspirado en aquellos más estilizados, que alcanzan unos treinta metros de altura y tienen un desarrollo completamente vertical, que fue lo que más me llamó la atención, además de su historia y todo lo que ofrece este árbol.

 

Los baobabs pueden ser depósitos de agua inmensos —con metros y metros cúbicos de agua y una base de 10 a 15 metros de diámetro o más—; sus frutos son comestibles; tienen propiedades medicinales que las personas que viven allí saben utilizar de una u otra forma; y su corteza se usa para hacer tejidos. Por todo esto, se considera el árbol de la vida y es prácticamente sagrado.

 

Me atrajo por su historia y por su estilización. Hasta ahora había estado haciendo sobre todo piezas verticales, con un desarrollo ascensional. Y esa verticalidad del baobab enlaza con la verticalidad de las posidonias, que también he trabajado. Se trata de otro elemento natural, que forma parte de nuestro Mediterráneo, tan importante como puede ser la posidonia.»

 

Agua y vida, pero también el fuego y la oscuridad están presentes en esta propuesta…

«Sí, hay un contraste. El agua es vida y el fuego —en este caso el fuego descontrolado, caótico— es la destrucción de todo lo que entendemos como vida. Por tanto, es una llamada de atención.

 

Estos últimos años, en todo el planeta, ha habido incendios muy graves. Y eso va en detrimento de la vida. Es la antítesis del agua, que es vida. Es destrucción.

 

Por eso hay una parte de la propuesta que es mucho más dramática y se expresa a través de un baobab quemado, hecho con madera de ciprés, y unos cuadros que hacen referencia al árbol quemado, a la destrucción, a la no vida. Es la antítesis, la dicotomía: agua-fuego; vida-destrucción. Al fin y al cabo: estar o no estar. Es una dicotomía a la que todos los países del planeta deberían prestar más atención, porque este cambio climático nos va a afectar a todos. De ahí que mis propuestas en estos últimos años giren en torno al medio ambiente y al cambio climático, a nuestra Tierra, nuestros mares y océanos, nuestros animales y, en definitiva, a nosotros mismos. Somos agua y somos los primeros interesados en que todo esto perdure.

 

Si esta destrucción se mantiene a lo largo del tiempo, muchos de nosotros no podremos vivir en este planeta, ni nosotros ni otras especies que no tienen ninguna culpa de que el ser humano sea el animal más inconsciente y más destructivo que se ha creado. Por tanto, detrás de esta propuesta hay un grito de atención, un grito de conciencia, porque aunque se están haciendo cosas, creo que es evidente que no basta. Hay gente completamente concienciada, pero también gobiernos que, desgraciadamente y por determinados intereses que todos conocemos, no están llevando a cabo las acciones necesarias. Ahora bien, ellos también se verán afectados. La naturaleza no perdona.»

 

“Nunca se sabe”, como dice el título de la exposición…

«Efectivamente, esa es la incertidumbre y el punto de tensión con el que vivimos.

 

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